Cuando no estoy entre plataformas, datos o estrategias omnicanal, probablemente estoy en el campo de rugby de mi ciudad natal, Sanse Scrum Rugby. Ahí vuelvo a mis raíces: al trabajo en equipo, al barro, al esfuerzo compartido y a la sensación de que nadie llega lejos solo. El rugby me enseña cada día lo mismo que el liderazgo: que el respeto se gana en el campo, no en las palabras. Y sobre todo, el entrenamiento es la base para la hora del partido.
También intento viajar siempre que puedo. Me gusta bucear, porque bajo el agua todo se detiene: no hay ruido, no hay prisa, no hay jerarquías. Solo calma, respiración y perspectiva. Es, de alguna manera, el lugar donde recargo energía y vuelvo a conectar conmigo mismo.
Y luego está lo más importante: mi familia. Paso todo el tiempo que puedo con ellos, especialmente con mi hija, que es mi mayor fan y mi mejor maestra. Con ella reaprendo lo esencial: la curiosidad, la paciencia, la risa fácil. Y entiendo que al final, lo que uno construye profesionalmente solo tiene sentido si mejora la vida de quienes más quiere.
Fuera del trabajo, sigo siendo esa mente inquieta que disfruta aprendiendo. Siempre hay un libro, un curso o una idea nueva rondando por ahí. Porque crecer no es una etapa: es una forma de estar en el mundo.






























